Una noche extraña

— ¿Y te divorciaste?

— Eso creo.

— ¿Eso crees?

Bajo la luz de una lámpara de techo y frente a un monitor de televisión dos viejos amigos dialogan sobre su vida. El primero de nombre Rogelio, mediana estatura, piel canela y abundante barba, complexión física no muy adecuada, su abdomen sobresaliente le bloquea la visibilidad al sentarse y mirar sus pies, por el otro lado está Juan, de piel blanca, barba del mismo color, calvo y con un divorcio a sus espaldas.

La noche en cuestión era fría, recién había comenzado a nevar y la alerta por la cuarentena aún estaba vigente.

— ¿Porqué lo permitiste? — preguntó Rogelio mientras le daba un sorbo a su cerveza.

— Las cosas simplemente pasaron, nos aburrimos después de veinte años de matrimonio, jamás tuvimos hijos, no se si ella era estéril o yo, sea como fuese no tuvimos el valor de averiguarlo.

Mientras hablaban la programación se detuvo y en su lugar apareció el logo del Gobierno Nacional, seguido una transmisión donde el presidente se dirigía a la nación con las siguientes palabras.

« Estimado pueblo, como ustedes ya lo saben seguimos luchando contra el virus, por lo cual les pedimos que se queden en casa, no salgan ( el presidente hizo una pausa, miró a su izquierda, luego continuó) esto que les vengo a informar no es para temer, sólo sean pacientes…»

La transmisión fue interrumpida y después de unas horas nunca regresó, la radio no daba informes sobre lo sucedido, pues eran pocas las emisoras que estaban transmitiendo.

— Algo está pasando Juan, ¿Deberíamos ir a ver?

Juan se levantó del sofá, camino hasta la ventana y retirando la cortina observó la calle vacía.

— No pasa nada. — respondió.

— Bueno, ¿Otra cerveza? — preguntó Rogelio.

— ¿Tú no tienes una casa?

— Pues…— decía Rogelio cuando algo golpeó la puerta trasera.

Juan volvió a levantarse del sofá y caminado por el corredor, pasando por la lavandería llegó hasta el patio trasero, al abrir la puerta y encender la luz, sólo descubrió a un asustadizo felino, el cual brinco de entre las plantas hasta el patio del vecino.

— Estúpido gato. — murmuró Juan.

No había cerrado la puerta cuando Rogelio llegó corriendo y muy exaltado, llevaba en sus manos su celular y en el un vídeo.

— ¡Mira! — exclamó y Juan observó un extraño vídeo, donde un individuo desnudo y de piel muy blanca parecía atacar a otra persona.

— ¿Eso donde es? — preguntó Juan mientras giraba el cerrojo de la puerta.

— Creo que aquí.

Antes de refutar el vídeo y las ideas alocadas de su amigo, la televisión volvió a trasmitir, esta vez no era presidente, sino la ministra de salud, quien alertaba a la población sobre una mutación en el virus, la cual había reanimado a los cadáveres. La transmisión también fue interrumpida cuando un potente ruido se escuchó en el techo.

— ¿Serán esas cosas? — preguntó Rogelio y Juan atravesó el pasillo hasta llegar a su habitación, de ahí salió con un rifle y una escopeta. El rifle se lo entregó a Rogelio y el usaría la escopeta.

— Vamos a salir. — musitó Juan y abriendo lentamente la puerta principal observaron una calle vacía, los vecinos tenían sus luces apagadas. Ambos amigos salieron un poco más sin divisar que en el techo habían tres de aquellos individuos mencionados por la ministra de salud. Parecían rondar como un animal en cacería, cuando observaron a Roger y Juan, uno de ellos emitió un extraño ruido, semejante a un gruñido pero más gutural, esto alertó a los amigos que al voltear observaron con horror a dos hombres y una mujer desnudos sobre su techo, su piel era blanca y tenían los labios y el pecho manchados de sangre. Roger al verlos cayó de espaldas, pero Juan rápidamente y sin dudarlo disparó, dándole a uno de ellos en el pecho, lo que lo hizo caer e impactar contra las escaleras de la casa.

Los otros dos restantes se quedaron inmóviles por unos segundos, luego emitieron el mismo ruido y en pocos minutos se logró escuchar a la distancia una respuesta, habían otras criaturas y se estaban comunicando. Juan volvió a disparar contra el otro hombre, dándole en la cabeza, luego recargo su escopeta y le apunto a las piernas de la mujer,  dando un tiro certero, lo que la hizo caer, pero al llegar al suelo comenzó a arrastrarse con la ayuda de sus brazos, pues había perdido ambas piernas, sólo que no sangraba, en su lugar dejaba tras de sí coágulos de sangre al igual que los otros dos.

— ¿Qué son esas cosas? — preguntó Rogelio, quién se levantaba del suelo y al ver a aquella mujer no logró contenerse y vomitar. Juan por su parte la dejo aproximarse lo suficiente como para colocar el cañón de su escopeta en la cabeza de aquella mujer y dispararle, su cerebro se espacio por el jardín, la sangre coagulada macho la nieve de un color oscuro y un olor nauseabundo. 

Todo parecía que había terminado, cuando al voltear cinco criaturas más se acercaban y dos más salían de una de las casa vecinas.

— ¿Qué hacemos? — preguntó Rogelio.

— Entrar a la casa. — respondió.

— ¿Y después?

— Sobrevivir…

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