La Petición

Entre un puñado de hojas secas reposa el cuerpo desnudo de una dama, cuyo aspecto angelical desentona con lo que la rodea, una pila de cadáveres, cada uno mutilado, las entrañas expuestas y el zumbido incesante de las moscas crean una atmósfera aterradora.

Lentamente ella comienza a reaccionar, primero estirando sus brazos, hasta tocar las vísceras de una mujer embarazada, cuyo feto de siete meses fue arrancado y colocado sobre su regazo.

La sensación viscosa le hace reaccionar, se aterra, se incorpora rápidamente, está confundida. Extrañas voces se agolpan en su cabeza y su desnudez le parece horrorosa.

Muchas  preguntas llegan a su mente, pero le es imposible formular alguna. Piensa en escapar, pero desconoce el lugar donde se encuentra.

En ese momento una parvada de cuervos la rodean y un individuo de mirada atemorizante  le observa, la piel de su rostro posee muchas cicatrices, siendo una la más llamativa, una cruz invertida en su frente.

— ¿Estás bien? — le preguntó aquel hombre, cuyas vestiduras negras tocaban el suelo.

— ¿Dónde estoy? — preguntó.

Aquel hombre le observó detenidamente antes de responder, luego miro al cielo el cual se cubría de un tono gris y frío.

— Estás en tu nuevo hogar. — respondió y extendiendo sus brazos espero a que ella se acercarse, pero ella seguía inmóvil.

— No…— murmuró y dándose la vuelta comenzó a correr, tan rápido como le era posible, sus senos saltaban con el veloz movimiento de sus pies y sufrían pequeñas cortaduras a causa de la maleza, pero cuando no pudo correr más, se sentó debajo de un viejo roble, descansó lo suficiente como para divisar una cabaña a la distancia.

Levantándose se dirigió hacia aquella cabaña, sintió un olor particular, casi familiar. Rodeo la cabaña y el olor de una inmensa fogata le hizo sentir náuseas, cadáveres quemándose. Nunca escapó, sólo regresó.

— ¡Has vuelto esposa mía! — exclamó el mismo hombre, mientras sostenía el torso mutilado de un hombre y lo arrojaba al fuego.

— ¿Qué cosa eres tú? — preguntó.

— La encarnación de los temores, tus temores.

La chica retrocedió, pensó en escapar, pero los rostros en la fogata se le hacían familiares.

— ¿Quién hizo todo esto?

El hombre levantó la cabeza de una mujer, la sostuvo en sus manos y lanzándosela a sus pies le respondió.

— ¿Lo has olvidado?

La chica se recogió el cabello, luego se inclinó y tomando la cabeza mutilada entre sus manos exclamó.

— !¿Mamá?¡ — Y cayendo de rodillas comenzó a llorar amargamente.

— Soy todo lo que habías pedido y serás todo lo que yo te pida o de lo contrario, bueno, se me ocurrirá algo. — respondió mientras esbozaba una extraña sonrisa.

— ¿Porqué? — preguntó y aquel extraño hombre se encorvó para lamer la sangre chorreante de los cadáveres, luego respondió.

— Tenías miedo, tus lamentos me llamaron de lo profundo del infierno. Los golpes de tus padres, los insultos de tus hermanos y las humillaciones de tu novio, junto con la de sus amigos, todas reposan en la llama que no es apaga. Ahora dime ¿Cómo me pagarás?

La chica se levantó, se secó las lágrimas y arrojando la cabeza de su madre a la hoguera, se acercó a aquel hombre y un beso fue su respuesta, pues luego y entre los fluidos corporales que salían de los cadáveres, ambos unieron sus cuerpos y ella exclamaba.

— ¡Vamos soy tuya!

Y abriendo sus piernas se introducía frenéticamente ambas manos en su cavidad vaginal, mientras que rápidamente un par de enfermeras ingresaban a la habitación. « La paciente tiene otro episodio » decían las mujeres y sobre un escritorio reposaba el archivo de la joven que asesinó a toda su familia y amigos, porque un hombre extraño le hizo esa petición.

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