La Maldición

Los ojos inyectados en sangre, su piel oscura, colmillos afilados que se entrelazan y salen de su boca. Aquel recuerdo se repetía con agonía en la mente de Andrés, quien al borde de la locura deseaba que todo llegase a su fin. 

Los medicamentos no parecían surtir efecto, una píldora tras otra y la agonía, el recuerdo palpitante seguía constante. Las noches tormentosas agravaban aquella situación, pues los relámpagos irrumpen en su habitación haciéndolo saltar de la cama. 

Andrés temeroso de morir intenta razonar una solución y bajo la impetuosa lluvia se dispone a buscar el origen de su mal.  

Una mujer es la responsable, una mujer con poder, el cual el aborreció pero ahora la necesita para existir. 

Recorre las calles bajo la lluvia, sus pies descalzos pisan cristales rotos e hilos de sangre brotan de las heridas, Andrés parece no sentir nada, un dolor más grande le agobia. 

Pero un relámpago ilumina un callejón y ahí le observa, está al acecho. Andrés corre a toda prisa, dejando tras de sí el paraguas y aventurándose por las calles de una tumultuosa ciudad. 

Un automóvil frena abruptamente, los gritos del conductor no se hacen esperar. Andrés voltea y lo observa, se acerca, no puede perder más tiempo, corre tan rápido como puede. 

Cuando sus pies cansados parecen perder fuerza y su corazón agitado está por colapsar, Andrés cae de rodillas en medio de la calle. La corriente de agua le cubre parte del rostro, su cuerpo semi desnudo tiembla y las luces de los vehículos destruyen los espacios que la oscuridad desea devorar. 

Andrés grita, llora, le observa. 

Sus ojos rojos arden como dos brasas de carbón. Su aliento es fétido. 

Desea levantarse ir con ella, pedirle perdón y que aleje a su emisario. Está vez será fiel, está vez le amara solo a ella, pero algo en su interior se mueve. 

Las personas bajan de sus vehículos, la lluvia no cede y Andrés grita con todas sus fuerzas. 

La lluvia disfraza las lágrimas que corren por su rostro, pero no pueden ocultar la sangre que brota de la comisura de sus labios. 

Luego se contrae y expulsa el odio que ella siente hacia él. Éste odio se manifiesta en una masa de carne sangrienta que se arrastra por el suelo. 

Andrés se desvanece, la observa entre la multitud, ella sostiene en una de sus manos el anillo que el le obsequió. Lo arroja sobre Andrés y todo se oscurece. Andrés muere, la lluvia se detiene.    


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