El bebé de Mary Todd

El viento invernal se colaba entre las cortinas, las sacudida con ligereza y Mary Todd reposaba su delicado rostro sobre su almohada.

Habían sido meses difíciles, meses que Mery Todd quería olvidar, pero cada vez que miraba a su regazo, el fruto de esos meses de aventura le miraba con sus enormes ojos negros, tan negros como la noche más oscura, ver los ojos del bebé de Mary Todd era perderse en la noche, era como contemplar un cielo nocturno sin estrellas, pero Mary Todd le amaba, amaba su piel blanca, tan blanca como la nieve que vio su cuerpo desnudo hace unos meses, nieve que al igual que su bebé poseían una mancha roja.

Mary Todd ciertamente deseaba olvidar aquella aventura, aunque tenía que cargar sola con su consecuencia.

La distancia no le ofrecía la seguridad que ella añoraba, constantemente cambiaba de domicilio, haciendo lo posible para no llamar la atención.

Pero él le seguía, ella lo sentía en sus entrañas. Aquellas que el arremetió con fuerza, aquella vez que casi muere.

Mary Todd no permitiría que su hijo fuese parte del holocausto en el cual él, su padre era parte.

La mirada perdida, el semblante caído, noches despierta observando por la ventana, en la espera de que él se hiciera presente y darle un fin a su agonía, pues ella comprendía que uno de los dos debía morir, pero no estaba segura de si el podría morir.

Fue la tercera noche de pasión cuando él le confesó que había muerto hace muchos años, que ahora era un eterno errante, incapaz de morir, incapaz de vivir.

Mary Todd creyó que sus palabras eran fruto del alcohol, del sexo, pero la noche que ella escapó, ella dudó de que todo fuese mentira.

Aquella noche llovía como nunca antes lo había hecho el cielo, y Mary Todd cansada de lo que él consideraba amor, decidió escapar. Entonces no sabía que llevaba una semilla en su vientre.

Siempre que su memoria le hacia volver a esas noches de pasión con su enamorado, su corazón sufría y la agonía le robaba las pocas fuerzas que tenía.

Pero finalmente una noche tormentosa como la  de su escape se repetía. Mary Todd sintió un pálpito en su corazón, más semejante a una punzada y sin dudarlo corrió hasta la habitación de su bebé. Al abrir la puerta un relámpago iluminó la habitación y aquello colgaba de la cuna de su bebé. El ser que no podría catalogarse como humano, colgaba cual murciélago. Mary Todd le miró y su cuerpo enmudeció. Aquel ser miraba a su bebé, le miraba fijamente.

Sus alas se extendieron como para acariciar la mejilla del bebé y Mary Todd murmuró una agonía, musitó una súplica, la criatura le miró, sus ojos eran negros como la noche más oscura, en ellos podrías perderte y jamás volver, Mary Todd los miró como la primera vez, los miró alejarse, romper las nubes y jamás volver.

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