Apocalipsis, el futuro al cual nunca debemos llegar

« Vi salir un caballo amarillo; su jinete se llama muerte y los acompaña el que representa el reino de la muerte. Les han dado poder para matar a la cuarta parte de los habitantes de este mundo, con la espada, el hambre, la peste y las fieras.» Apocalipsis 6,8.

Una rata busca alimento entre los desechos de lo que fue un ser humano, se introduce por el abdomen viscoso y sube por las costillas, hasta llegar a la mandíbula donde comienza a roer lo poco que queda de piel.

Una ráfaga de aire sumamente caliente arrasa con los demás cadáveres que yacen crucificados cabeza abajo. Mientras un equipo de hombres vestidos con máscaras monstruosas, portando lanza llamas a sus espaldas para mitigar a cualquier hereje que a estas alturas no haya aceptado la verdad.

Una pila de cadáveres adorna lo que una vez fue un tumultuoso parque metropolitano, ahora es el recordatorio de que existe un dios, desgraciadamente impuesto y nada amoroso.

Hace solo unos años el mundo cedió ante una pandemia y fueron muchas las opciones para conseguir una cura, pero sucedió que un fanático religioso hizo lo que hasta ese momento ningún otro había realizado. Sano a enfermos del virus. Nadie se explica el como lo hizo, ni se cuestiona si realmente estaban enfermos, pero fue la cimiente para una nueva era.

Desde lo alto de un podio el autoproclamado Mesías anunció que sólo en él y en su dios estaba la salvación, nadie murmuró la más mínima palabra, era sólo otro fanático religioso más. Pero pronto se le fueron sumando más adeptos, tantos que cegado por el poder, llegó a proclamar “que todo aquel que no crea en sus palabras, morirá a causa del virus”

Sutil como todo líder religioso extremista.

Pronto y sin una razón explicable llegó al poder político, una vez ahí inicia está historia.

[ Un futuro no muy distante ]

— Mis hermanos, hijos amados del Señor — decía el líder, pues así se hacia llamar, aunque a veces prefería el término “Mesías o Salvador” — ustedes han escogido sabiamente y Dios que todo lo ve y todo lo sabe, me ha dicho que…

Una multitud se apilaba para escuchar al nuevo líder, una muchedumbre que aún podía propagar el virus, pero el líder había autorizado que ” todo aquel asista a sus predicas, no será infectado, pues el Altísimo estará presente” El líder continuó.

— Ustedes son el pueblo escogido, el pueblo amado y que no deben temer, porque Yo su dios estoy con ustedes. Ahora bien — decía el líder, el cual aunque no era un anciano, ya rondaba los 50 años y hacia pausas para hablar — No todos somos hermanos, algunos aún se niegan a ser salvados, eso nos duele a todos, por lo cual desde la misericordia de Dios, les exhortamos a convertir a su hermano o de lo contrario ese ya no será su hermano, ese ya no será salvo y peor aún el virus no va a desaparecer hasta que todos crean en mis palabras…— la última pausa fue más larga, como la calma antes de la tormenta, entonces inclinando el rostro y con lágrimas en sus ojos exclamó — de otro modo deben morir, todo aquel que se resista, debe morir y ! Ustedes mis hermanos no teman en tomar la vida del hereje ! Ese ya está con el diablo y no hay pecado si haces justicia.

Los medios internacionales, las personas cuerdas tildaron al líder como lo que realmente era, un tirano.

La persecución dio inicio, los enfermos no disminuyeron, pero esto era atribuido a la falta de fe de una parte del pueblo. 

— Señor, dios mío — así oraba un hombre fuera de una casa, la cual no le pertenecía. Detrás de él, otros dos individuos más. La casa tenía una cruz invertida pintada en la puerta. Las cruces rojas invertidas eran la señal de que en ese sitio habitaban personas herejes.

En el interior de la casa, una familia se escondía en su habitación, creando una barricada en la puerta principal para evitar el acceso de los “ejecutores” individuos dotados por el líder y por Dios para castigar a los herejes.

Cuando la oración terminó aquel hombre miró por la ventana y notó la barricada, por lo cual usando una granada se dispuso a irrumpir en el hogar. La explosión hizo vibrar las casas vecinas, donde ya habían otros ejecutores trabajando.

— La paz este con ustedes…— murmuró el mismo hombre que había hecho la oración y que era el líder de ese batallón.

El individuo en cuestión era un hombre alto, corpulento, portaba una máscara de gas y vestía de negro, semejante a un soldado nazi. Detrás los dos hombres traían máscaras en forma de animales, uno un león y el otro más inocente, un conejo. A estos se les hacia llamar ” las fieras ” .

El líder del batallón, llamado Apóstol Pablo, tocó a la puerta de la habitación donde se escondía la familia. Tocó dos veces más y después dijo.

— Es mi deber darles una oportunidad para la redención, pero ya saben que precio tiene. Deben o más bien tienen — antes de formular las siguientes palabras, su rostro esbozó una sonrisa debajo de su máscara, luego añadió — dar como pago a su hija.

Pero no hubo respuesta, y dando una patada tiraron la puerta para encontrar a la familia, padre, madre e hija de 10 años muertos, se habían suicidado hace poco, tal vez en el momento de la explosión.

— Señor, ¿Qué hacemos, quemamos el lugar? — preguntó una de las fieras, a lo que el Apóstol Pablo, mirando los cadáveres respondió.

— Estas aún están frescas, vamos a divertirnos un poco.

Aquellas escenas escabrosas era comunes, tanto que cada día era peor que el anterior y nadie podía quejarse. La mayoría vivía en la miseria, pues ese era para lo que la fe les alcanzaba, y los otros, aquellos que besaban los pies del líder, llevaban una vida más acordé a un emisario celestial. Siendo este el futuro o el presente al cual deseó jamás deben llegar.


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